miércoles, 18 de marzo de 2015

18 de marzo de 1314 - en Francia, Jacques de Molay, el 23º y último gran maestro de los templarios, es quemado en la hoguera.

Es el Año del Señor de 1118. Los cruzados occidentales gobiernan Jerusalén bajo el mandato del Rey Balduino II. Es primavera y nueve caballeros, con Hugo de Paynes a la cabeza, y a similitud de los ya existentes "Caballeros del Santo Sepulcro", fundan una nueva orden de caballería, con el beneplácito del rey de la ciudad. Han nacido los Templarios.


Es significativo señalar la donación por el Rey Balduino II de Jerusalén como sede para la nueva orden, y de ahí su denominación, de la mezquita blanca de al-Aqsa, del Monte del Templo. Creo necesario indicar que en la época, se identificaba dicha mezquita como el emplazamiento exacto del Templo de Salomón (hoy se sabe que era mucho mayor, y que la mezquita ocupa solamente el atrio de dicho templo), y por ello no es fácilmente explicable como a una recién fundada "policía de caminos" tal era la función principal de los Templarios en sus comienzos, se le fuera donado semejante emplazamiento, donde cabían sobradamente varios millares de caballeros, teniendo en cuenta que solo eran nueve hombres.

En definitiva,  la Orden del Temple surge a partir de un grupo de caballeros que se declararon donados o servidores del Santo Sepulcro y se dieron como misión defender los Santos Lugares frente a los musulmanes. Dotada de una regla monástica y tutelada directamente por la Santa Sede, la Orden tenía un doble carácter, religioso y militar, rasgo que puede chocar a nuestra mentalidad del S. XXI, pero que resultaba ampliamente aceptado en el contexto de la Edad Media y del periodo de las Cruzadas. Pese a ello, no fue fácil, en el momento del nacimiento de la nueva orden, realizar la fusión entre el caballero y el religioso. La Iglesia cristiana, que en sus orígenes era esencialmente pacifista, tuvo que modificar su ideología sobre la guerra hasta llegar a una concepción nueva, cuyo modelo fue el Temple

Así pues, parece ser que durante los primeros nueve años, los Caballeros del Temple no hacen otra cosa que proteger a los peregrinos, sobre todo en el peligroso camino del puerto de Jaffa a las murallas de Jerusalén. Sin embargo, a pesar de su valor y abnegado servicio, no consta que participaran en las campañas de los reyes del nuevo reino cristiano desde el fin de la Primera Cruzada, lo que refuerza la hipótesis anteriormente citada y defendida por algunos historiadores, que les tendría ocupados durante largo tiempo. De todas formas, esto sería entrar en el terreno de la mera suposición.

En el contexto de las nuevas ideas sobre la sacralización de la guerra, la institución de los templarios suponía un cambio en la sociedad y en la espiritualidad de la Edad Media. Hasta entonces, los fieles que deseaban consagrarse a Dios, los clerici, debían abandonar el mundo, y el claustro o el sacerdocio constituían las vías de la religiosidad suprema. Con la aparición de la orden del Temple se abría una tercera vía para alcanzar la santidad: ser religiosos y al mismo tiempo pertenecer a la clase de los guerreros, alcanzar la Jerusalén celeste y la Jerusalén terrestre

A principios del Siglo XIV, el Temple había cambiado. Como los cristianos, los cistercienses o cualquier organización, la Orden había sufrido una evolución, apartándose de los ideales de los primeros tiempos. Tampoco tenía ya sentido entonces la caballería, y menos la religiosa. La diferencia entre la orden del Temple y otras órdenes militares estribó en que éstas evolucionaron o pudieron ser reformadas, mientras que aquélla no tuvo esta oportunidad.

Después de los últimos intentos de recuperar Tierra Santa, Jacques de Molay, último maestre de la Orden, regresó de la sede de Chipre a Europa. El Papa lo había llamado para discutir sobre una nueva cruzada y sobre la unión de las órdenes del Temple y del Hospital, fusión que Molay rechazó tajantemente. Mientras, los caballeros hospitalarios se habían instalado en la isla griega de Rodas, y podían presentarse como un elemento de contención de los ataques turcos y como continuadores de la obra de cruzada. La orden Teutónica había formado también un Estado teocrático en Prusia.

Los reyes europeos, en un periodo de desarrollo de las monarquías centralizadas, consideraban las órdenes militares, que dependían del Papado, como un obstáculo en su afán por controlar las iglesias de sus respectivos países. El Temple se convirtió así en el objetivo codiciado del rey de Francia, Felipe IV el Hermoso, quien, con el apoyo del papa Clemente V, ordenó las redadas para detener a todos los Templarios del país el viernes 13 de octubre de 1307, hecho al que se atribuye la leyenda de los malos augurios asociados a este día de la semana cuando cae en 13. El asalto a los templarios alcanzó una gran notoriedad a causa de las escabrosas acusaciones que se les imputaron, la tortura a los que los sometieron los inquisidores. 

En la lucha por la supremacía entre el Papado y el rey de Francia, éste resultó vencedor. El papa Clemente V, que debía ser el garante de la independencia de la Orden, tuvo que elegir entre los templarios y el honor del Papado. La elección no ofrecía dudas: a su pesar, en 1312, en el concilio de Viena, el papa sacrificó la Orden y la suprimió, sin embargo, nunca condenó a los templarios por herejía.

El 18 de marzo de 1314, hace 701 años, murió en la hoguera Jacques de Molay, el último maestre de los templarios, por orden del rey de Francia Felipe IV el Hermoso. Tenía 70 años, un cuerpo magullado por la tortura y probablemente también sufría una cierta enajenación mental como consecuencia de 7 años de prisión.

Jacques Bernard de Molay es uno de los enigmáticos personajes de la fe y la cristiandad que con sus acciones no pudo ganarse el fervor del pueblo. Fue el último Gran Maestre de la orden del Temple, la fecha exacta de su nacimiento no se sabe a ciencia cierta pero se dice que fue en Borgoña hacia los años 1240 y 1244. Algunos historiadores señalan que nació en la ciudad de Vitry en el año 1243, fue hijo de Juan, Señor de Lonvy. Para que Jacques llegue al poder tuvieron que pasar muchas sucesiones como la del Maestre Guillaume de Beaujeau en Acre y Thibaud Gaudin, tras la muerte de este último el año 1292, Bernard de Molay, recién se convirtió en el número 23 Gran Maestre visible de la Orden.

Durante su mandato se dice que organizó en el año 1293 una serie de expediciones para vigilar a los musulmanes, logrando así entrar a Jerusalén el año 1298, buscando recuperar la ciudad de Tortosa en la costa de Siria para devolverlos a la fe, planeo otra expedición para Alejandría en el año 1300, sin mucho éxito.

A finales del año 1306 Jacques De Molay, llegó a Europa donde se reuniría con Foulques De Villaret, debido a la demora de su llegada, el Gran Maestre fue adelantando y revisando asuntos de las órdenes del Rey y del papa, oponiéndose a sus ideas de la fusión del Temple y del Hospital, aun cuando le habían advertido de represarías si no aceptaba la unión. En otros temas como la nueva cruzada, Jacques propuso una gran campaña donde los reyes de Inglaterra estarían incluidos para deshacerse de las fuerzas terrestres de Egipto, ideas que fueron refutadas por Felipe IV que no estaba de acuerdo. Poco a poco De Molay fue ganándose adversarios por sus propuestas que no eran del agrado de otras autoridades eclesiásticas.
Templarios y Hospitalarios
La caída de Molay fue muy precipitada, a pesar de ser uno de los caballeros más poderosos de su tiempo. Un día antes de su encarcelamiento ocupó un lugar preferente en los funerales de la cuñada del rey, sin percatarse de ningún peligro... y sin embargo, unas horas más tarde fue prendido por la guardia real mientras dormía, acusado de delitos gravísimos, que reconoció, probablemente después de ser sometido a tortura. Poco después ratificó públicamente su confesión ante los doctores de la Universidad de París reunidos en la catedral de Notre Dame. Era lo más conveniente ante una acusación de herejía, reconocer los pecados, aceptar la culpa y solicitar la reconciliación con la Iglesia. Sin embargo De Molay negó las acusaciones más tarde, cuando declaró ante el papa sin la presión del rey. Después su debilidad de carácter le llevó a desdecirse en varias ocasiones, aceptando y rechazando los cargos en su contra, lo que arruinó su prestigio.

El rey había ordenado mantener preso al maestre, junto con otros mandatarios del Temple, en las mazmorras de su palacio en París durante los siete largos años que duró el proceso. El papa ya había ordenado la disolución del Temple, algunos caballeros habían sido quemados, otros renunciaron a sus privilegios y vivían recluidos en conventos, de manera que toda resistencia había sido sofocada. El asunto estaba zanjado y solo faltaba decidir qué hacer con los dirigentes de la Orden. La mañana del 18 de marzo, un tribunal inquisitorial convocó a De Molay  en la plaza de la catedral para comunicarles la sentencia de cadena perpetua, bastante favorable considerando la situación. Sin embargo el Gran Maestre, para asombro del tribunal, tomó la palabra para defender su inocencia. Los inquisidores quisieron ocultar lo ocurrido, pero el rey fue informado rápidamente y ordenó la ejecución por tratarse de herejes relapsos, recalcitrantes en su error, que Jacques de Molay y su lugarteniente Geoffroy de Charney, debían ser ajusticiados por el brazo secular

Si la condena había sido pública, la ejecución fue casi secreta, sin testigos, ese mismo día, después de la puesta de sol, en un pequeño islote sobre el Sena cercano a la isla de la Cité, para evitar tumultos. Minutos antes de arder pavorosamente en las llamas, el último Gran Maestre se retractó públicamente de las confesiones obtenidas bajo tortura y, según la leyenda, maldijo a los causantes de la desgracia de la Orden del Temple -el rey de Francia y al Papa Clemente- conminándoles a presentarse ante el juicio de Dios antes de un año. 

¿Por qué cayó el Temple?

Visto desde nuestro tiempo, podríamos decir que el juicio de los templarios fue un caso de corrupción generalizada, en el que no fueron inocentes ni los acusados, De Molay y los suyos, ni los acusadores, el papa Clemente, el ministro Nogaret, y el rey Felipe. Los cargos principales fueron cuatro: 
  • negación de Jesucristo, 
  • besos obscenos durante la profesión, 
  • sodomía e 
  • idolatría. 
Pero había otras acusaciones, sobre todo la avaricia y la corrupción por los enormes tesoros acumulados por los templarios. Ni que decir tiene que el culto a las reliquias, tan extendido en la época, tenía algo de idolatría, y que la corrupción de las costumbres estaba bastante generalizada en la milicia. El propio San Bernardo había dicho que muchos caballeros eran afeminados, ladrones, violadores y perjuros… Acusar a los templarios de creer que Jesucristo era un falso profeta, era una forma de recordar sus antiguos tratos con Saladino, cuando en la guerra todo el mundo hacía pactos. Y por último, si alguien destacó por su codicia fue el rey que se apropió de todas las cosas de valor de la Orden.

Solo si analizamos las grandes tendencias de la Historia podremos comprender lo ocurrido. En 1291 cayó Acre, la última posición de los cruzados en Tierra Santa. Las Órdenes Militares habían fracasado, por lo que debían desaparecer o transformarse. El rey, como majestad cristianísima, exigía la completa sumisión de la Iglesia a sus proyectos políticos. El nuevo papa Clemente, el francés Bertrand de Got, así lo entendió, se doblegó a sus mandatos e instaló su curia en Aviñón. Jacques de Molay, en cambio, pensaba que vivía en otra época, y que eran los reyes los que tenían que secundar sus irreales proyectos de cruzada. Murió por eso, por no comprender los cambios de su tiempo.

«¡Pagarás por la sangre de los inocentes, Felipe, rey blasfemo! ¡Y tú, Clemente, traidor a tu Iglesia! ¡Dios vengará nuestra muerte, y ambos estaréis muertos antes de un año!»

Una maldición que se cumplirá al pie de la letra, pues tanto el Papa como el rey de Francia mueren a los pocos meses. Castigo divino o no, desde ese 18 de marzo de 1314 vivirá para siempre en la imaginación de todos nosotros la leyenda de los valientes y abnegados defensores del Santo Sepulcro, de los monjes que partían a mandoblazos cráneos de sus semejantes sin sentir ni por asomo la ironía: La leyenda de los caballeros templarios.



Bonus track

Jacques de Molay
Jacques de Molay, históricamente el último Gran Maestre de la Orden del Temple, apareció como un personaje muy minoritario en la base de datos de Assassin's Creed: Revelations, en documentos desbloqueables en el modo multijugador. Igualmente, es mencionado en Assassin's Creed Encyclopedia, aunque sin más protagonismo que en Revelations. Su primera aparición de verdad fue en la aplicación Assassin's Creed: Memories, un videojuego de estrategia, en 2014. Ese mismo año, salió a la venta Assassin's Creed: Unity, donde De Molay es un personaje que, a pesar de aparecer poco, tiene una importancia vital, al ser lo que motiva al antagonista del juego, Germain, a cumplir sus objetivos.


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