Translate

sábado, 15 de noviembre de 2014

15 de noviembre de 1533 - Pizarro toma Cuzco

Francisco Pizarro comenzaría su andanza por las tierras del Nuevo Mundo con 24 años. Al parecer, viajó a América, como muchos, seducido por las aventuras y la posibilidad de ganar dinero. Tras su llegada participó como soldado en varias expediciones sabiendo de antemano que, debido a que era un hijo bastardo y carecía de cultura, le sería muy difícil ascender.  Eran años difíciles en los que los españoles trataban, a costa de multitud de vidas, de asentarse en el territorio luchando contra los naturales del lugar: los indígenas.

En 1522 Pizarro decidió que era hora de partir hacia tierras inexploradas. Por ello, a la edad de 32 años decidió asociarse con otros dos buscadores de aventuras y poner rumbo hacia Perú, lugar sobre el que circulaban todo tipo de historias relacionadas con riquezas que esperaban ser capturadas por el primer conquistador que las encontrara.

Francisco Pizarro
Las promesas de riqueza cautivaron así al barbudo conquistador español, que organizó en 1524 una primera expedición formada por dos desvencijados barcos, 110 hombres, 4 caballos e, incluso, un perro de guerra. No obstante, y a pesar del dinero invertido, esta primera aventura no tuvo demasiado éxito. A pesar de todo, Pizarro no se dio por vencido, y tan sólo dos años después planeó un nuevo viaje en el que, con unos recursos similares, partió de nuevo en busca de Perú. Parece que la decisión les fue ventajosa pues, tras explorar una extensa área del oeste de América del Sur, lograron hacerse con todo tipo de riquezas entregadas por algunos caudillos locales y volvieron a Panamá como héroes en 1529. No obstante, tras este último viaje, ahora tocaba proyectar la invasión armada del territorio, la cual alzaría a Pizarro como gran estratega militar.

Esta tercera expedición dejó el puerto de Panamá el 20 de enero de 1531. Llevaba más de 180 hombres y una buena treintena de caballos. Conociendo la importancia militar que tenían entonces estos animales en los combates contra los indios, es una prueba manifiesta de que esta vez el objetivo ya no era explorar Perú, sino más bien conquistarlo militarmente.

Al mando de este contingente se destacó Pizarro, quien nombró a su hermano Hernando como uno de sus más destacados oficiales. No pasó mucho tiempo hasta que la columna española, que contaba en este caso con arcabuces -un arma muy temida por indígenas-, decidió pisar definitivamente suelo peruano. De hecho, planearon invadir a la civilización inca aprovechando que esta se encontraba sumida en una guerra civil que enfrentaba a dos de sus líderes (Atahualpa y su hermano Huáscar) por el poder.

Atahualpa
Alto de estatura, de ojos cargados de sangre, de semblante severo, bastaba una mirada de Atahualpa para sentenciar a muerte a cualquiera de sus súbditos; esos ojos reflejaban un espíritu sanguinario; y esto último quedó demostrado con la orden que dio al general Quisquis de eliminar a toda la familia Imperial y a toda la nobleza, desde el vientre de la madre hasta niños lactantes en presencia del mismo Huáscar. Luego de una enconada guerra, los generales Quizquiz y Chalcochima -al servicio de Atahualpa-  obtuvieron sucesivas victorias, que los llevaron hast
a las proximidades del Cuzco; derrotaron y apresaron a Huáscar en la batalla de Quepaypampa  y descargaron su crueldad contra los familiares del vencido.

Sin embargo, Atahualpa no pudo marchar al Cuzco para ceñirse el llauto imperial (un turbante formado por una cinta de arios colores que le daba varias vueltas a la cabeza, esta cinta era del ancho de uno o dos dedos. Los nobles también usaban llauto pero de un solo color) , porque recibió la noticia de la penetración española. Como el pueblo se hallaba debilitado por las matanzas y dividido por el odio, no opuso mayor resistencia los extranjeros. Atahualpa que se encontraba en Cajamarca en los baños termales, recibió la invitación de Francisco Pizarro para entrevistase con él, que había llegado el 15 de noviembre de 1532 a la ciudad. 

El 15 de noviembre de 1532, la columna vio por fin la entrada de Cajamarca, una bella ciudad pétrea a 2.700 metros de altura. Los españoles se quedaron mudos por el gran espanto que sintieron al ver la extensión del campamento enemigo. En él habría unas 50.000 personas, más de la mitad guerreros.

En un intento de ganar confianza y desconcertar a los posibles asaltantes que esperaran escondidos en la ciudad, Pizarro ordenó que sus jinetes entraran con un estruendoso galope en Cajamarca. Sin embargo, no hizo falta usar el terror que insuflaban las monturas españolas en los indios, pues esa parte de la ciudad estaba desierta. Aprovechando esa pequeña ventaja, los militares españoles decidieron entonces asentarse en la plaza central del lugar, la cual podría hacer las veces de fortaleza al contar sólo con dos entradas entre los edificios.

Pronto llegó al encuentro de Pizarro un emisario inca para informar a los españoles de que su jefe, Atahualpa, se encontraba acuartelado junto a sus hombres en un complejo cercano. No había más que hablar: Pizarro encomendó a su hermano dirigirse al lugar y entrevistarse con el líder suramericano.
Por otra parte, también ordenó a Hernando que ejecutara un curioso plan que había elaborado para poder vencer al inmenso ejército inca ya que pensó que Atahualpa podía atacar esa noche. Decidió tomar  la iniciativa. Invitaría al Inca a cenar con él, y en ese momento lo apresaría. 

Tras seleccionar a una pequeñísima escolta, Hernando se presentó ante Atahualpa. Este era un hombre fuerte, atractivo y de unos treinta años. Altivo, el líder Inca no se dirigió en ningún momento de forma directa al representante español, sino que hizo que sus palabras pasaran primero por un noble. Por su parte, los españoles no descabalgaron de la montura en toda la entrevista ante el miedo de ser atacados.

Al día siguiente, al asistir para encontrase con Francisco Pizarro, Atahualpa fue capturado de acuerdo al plan y apresado en la plaza de armas de Cajamarca (16 de noviembre de 1532) y al observar la ambición de los españoles les ofrece un rescate por su liberación: ofreciéndoles llenar una habitación con oro y dos con plata, hasta la altura alcanzada por su mano; pero inútilmente, el rescate lo cobraron los hispanos, pero al ver que él era un obstáculo para la realización de la conquista deciden darle muerte. Entonces Atahualpa es juzgado encontrándole culpable de dar muerte a su hermano Huáscar, por usurpación al trono, de idolatría, de no haber cumplido totalmente con el tesoro del rescate y de estar poseído de propósitos agresivos contra los españoles, fue condenado a morir en la hoguera. Esta pena se conmutó por la estrangulación (garrote), por haber aceptado bautizarse recibiendo el nombre de Juan, la pena se cumplió el 29 de agosto de 1533, sus restos descansan en la capilla de Cajamarca. Tenía muchas mujeres que lo habían seguido en sus triunfos, y algunas de ellas se sacrificaron voluntariamente cuando el Inca fue ajusticiado a los 33 años de edad. Uno de sus generales con algunos guerreros robaron su cadáver y lo trasladaron a Turibamba años más tarde, ocultando el lugar de su entierro.

El 15 de noviembre de 1533 Francisco Pizarro toma Cuzco, capital sagrada del Imperio Inca, habitada por alrededor de 100.000 personas. Esta conquista debilitará considerablemente la resistencia inca.

Después de la proeza llevada a cabo con sus 200 hombres, la suerte dejó de sonreír a Pizarro, que acabó enemistado con otro de los conquistadores españoles, Diego de Almagro. El enfrentamiento llegó a tal nivel que ambos se enfrentaron en una batalla decisiva en la que vencieron las tropas pizarristas.

Tras la muerte de Almagro –el cual fue ajusticiado después de ser enjuiciado por los hermanos Pizarro-, una docena de sus partidarios atacaron por sorpresa a Francisco en su casa de Lima el 26 de junio de 1541. Finalmente, y a pesar de que se defendió hasta el final, el viejo conquistador español cayó muerto de una estocada en la misma ciudad que había fundado sólo seis años antes.